Por: Roger Eddy Luis Gallego
Estudiante de Educación Primaria Comunitaria Vocacional
En las aulas de educación primaria se está
gestando una problemática silenciosa pero profunda: la dificultad creciente de
muchos niños para comunicarse de manera efectiva. No se trata únicamente de
problemas de pronunciación o vocabulario limitado; el fenómeno es más complejo
y estructural. Se evidencia en la incapacidad para expresar emociones, formular
ideas completas o sostener una conversación básica con sus pares.
Durante mis prácticas pedagógicas, pude
constatar que varios estudiantes reaccionan con llanto, frustración o
aislamiento cuando no logran expresar lo que sienten. En lugar de palabras,
emergen gritos o silencios prolongados. Este escenario obliga a preguntarnos:
¿qué está ocurriendo en los entornos familiares y sociales para que habilidades
tan esenciales estén debilitándose?
El uso excesivo de dispositivos electrónicos,
la reducción de espacios de diálogo en el hogar y la falta de interacción
social temprana son factores que inciden directamente en el desarrollo del
lenguaje. La comunicación no se aprende de manera automática; requiere práctica
constante, escucha activa y acompañamiento adulto.
Ante esta realidad, la escuela no puede
limitarse a impartir contenidos curriculares. Debe convertirse en un espacio de
reconstrucción del diálogo. Implementar círculos de conversación,
dramatizaciones, lectura compartida y actividades de expresión oral no es una
estrategia complementaria, sino una necesidad urgente.
La comunicación es la base del aprendizaje y
de la convivencia. Si no fortalecemos esta habilidad desde la infancia,
estaremos formando generaciones con dificultades para resolver conflictos,
argumentar ideas y participar activamente en la sociedad. La crisis de
comunicación es, en el fondo, una crisis de interacción humana que demanda
respuestas educativas firmes y sostenidas.

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