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enero 23, 2026

La educación musical y el desarrollo de habilidades socioemocionales en adolescentes

REALIZADO POR:
FRANZ SURUGUAY ANDRADE
LICENCIADO EN EDUCACIÓN MUSICAL

La adolescencia constituye una etapa del desarrollo humano caracterizada por profundos cambios emocionales, sociales, cognitivos y físicos que influyen directamente en el proceso de aprendizaje y en la construcción de la identidad personal y social. Durante este periodo, los adolescentes experimentan una búsqueda intensa de autonomía, aceptación social y autorreconocimiento, lo que convierte a la escuela en un espacio clave para la formación integral. En este contexto, la educación musical se presenta como un medio privilegiado para fomentar el desarrollo de habilidades socioemocionales, tales como la empatía, la autoestima, la autorregulación emocional, la resiliencia y la capacidad de trabajo colaborativo. Sin embargo, estas potencialidades no siempre son reconocidas ni aprovechadas dentro de los currículos escolares convencionales.

En muchas instituciones educativas, la música sigue siendo considerada una asignatura secundaria, orientada principalmente al entretenimiento, la preparación de actos cívicos o la ejecución de repertorios prediseñados. Esta visión reduccionista limita su impacto formativo y desaprovecha su valor como herramienta para el desarrollo integral del estudiante, tanto en el plano cognitivo como en el socioemocional. La práctica musical, especialmente cuando se organiza en actividades colectivas como el canto, la percusión, los ensambles instrumentales o la improvisación grupal, genera experiencias emocionales profundas que favorecen la expresión de sentimientos, la gestión de emociones y la construcción de vínculos significativos entre pares.

La educación musical, al involucrar simultáneamente el cuerpo, la emoción y la cognición, ofrece un espacio seguro para canalizar emociones, manifestar creatividad y fortalecer relaciones sociales. En contextos de vulnerabilidad social, estas experiencias adquieren un valor aún mayor, al convertirse en espacios de contención, reconocimiento y diálogo, donde los adolescentes pueden sentirse escuchados, valorados y parte de una comunidad educativa. La música, en este sentido, no solo es un recurso artístico, sino un medio de desarrollo humano integral y bienestar emocional.

Diversos estudios en el ámbito de la educación emocional y musical destacan que la práctica musical contribuye significativamente al desarrollo de competencias socioemocionales (Bisquerra, 2009). La música favorece la escucha activa, la empatía, la cooperación, el respeto por los otros y la capacidad de adaptarse a situaciones diversas, competencias esenciales para la convivencia escolar. En el aula de música, los errores no se perciben como fracasos, sino como oportunidades de aprendizaje, fomentando la confianza, la tolerancia a la frustración y la resiliencia emocional. Este enfoque pedagógico fortalece la autoconfianza del estudiante y su disposición para asumir retos personales y grupales.

En América Latina, la música cumple además un papel comunitario y expresivo que refuerza el sentido de pertenencia y la identidad cultural. Actividades como el canto coral, los ensambles de percusión, la composición colectiva y la recreación de músicas tradicionales permiten a los estudiantes compartir experiencias, construir acuerdos, negociar roles y resolver conflictos de manera creativa. Estos procesos fortalecen la cohesión grupal, desarrollan habilidades sociales y fomentan la responsabilidad compartida, elementos centrales en la formación de ciudadanos comprometidos y empáticos.

Además, la educación musical puede desempeñar un papel preventivo frente a problemáticas como el estrés académico, la violencia escolar, la exclusión social y la desmotivación educativa. Al generar experiencias significativas, placenteras y emocionalmente ricas, la música se convierte en un recurso para el bienestar psicológico de los adolescentes, favoreciendo la regulación de emociones negativas y promoviendo la resiliencia. La integración de dinámicas de improvisación, exploración sonora y expresión corporal en el aula contribuye a que los estudiantes aprendan a manejar emociones complejas y a comunicarlas de manera saludable.

Para maximizar estos beneficios, es imprescindible que el docente adopte un rol reflexivo, mediador y creativo. La planificación pedagógica debe incluir estrategias que integren la reflexión sobre emociones, la expresión artística y la construcción colectiva de aprendizajes. La evaluación debe centrarse en la participación activa, la colaboración, la creatividad y el proceso de aprendizaje, más que únicamente en la ejecución técnica de una obra musical.

La educación musical también puede potenciar habilidades de liderazgo, tolerancia, cooperación y resolución de conflictos, al involucrar a los estudiantes en proyectos grupales, presentaciones artísticas y actividades interdisciplinarias. Asimismo, la inclusión de repertorios culturales locales, regionales y contemporáneos permite fortalecer la identidad cultural y la autoestima de los adolescentes, estableciendo vínculos entre la música, la comunidad y la vida cotidiana de los estudiantes.

La educación musical constituye un espacio privilegiado para el desarrollo de habilidades socioemocionales en la adolescencia, ya que combina expresión artística, creatividad y experiencias compartidas que favorecen la formación integral. Reconocer y potenciar esta dimensión de la enseñanza musical contribuye a una educación más humana, inclusiva y significativa, donde los estudiantes desarrollan competencias emocionales, sociales y culturales.

Integrar la música como espacio de expresión, diálogo y construcción colectiva permite formar adolescentes emocionalmente competentes, socialmente responsables y culturalmente conscientes. Por ello, la educación musical no solo debe considerarse una asignatura académica, sino un medio transformador que fortalece la autoestima, la empatía y la resiliencia, promoviendo el bienestar integral de los estudiantes y el fortalecimiento de comunidades escolares más cohesionadas y solidarias.

Bibliografía:

Bisquerra, R. (2009). Educación emocional y bienestar. Praxis.

Gainza, V. H. (2002). La educación musical en el siglo XXI. Lumen.

Small, C. (1999). Musicking. Wesleyan University Press. 4.

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