REALIZADO POR:
FRANZ SURUGUAY ANDRADE
LICENCIADO EN EDUCACIÓN MUSICAL
La adolescencia constituye una etapa del desarrollo humano caracterizada por profundos cambios emocionales, sociales, cognitivos y físicos que influyen directamente en el proceso de aprendizaje y en la construcción de la identidad personal y social. Durante este periodo, los adolescentes experimentan una búsqueda intensa de autonomía, aceptación social y autorreconocimiento, lo que convierte a la escuela en un espacio clave para la formación integral. En este contexto, la educación musical se presenta como un medio privilegiado para fomentar el desarrollo de habilidades socioemocionales, tales como la empatía, la autoestima, la autorregulación emocional, la resiliencia y la capacidad de trabajo colaborativo. Sin embargo, estas potencialidades no siempre son reconocidas ni aprovechadas dentro de los currículos escolares convencionales.
En muchas
instituciones educativas, la música sigue siendo considerada una asignatura
secundaria, orientada principalmente al entretenimiento, la preparación de
actos cívicos o la ejecución de repertorios prediseñados. Esta visión
reduccionista limita su impacto formativo y desaprovecha su valor como
herramienta para el desarrollo integral del estudiante, tanto en el plano
cognitivo como en el socioemocional. La práctica musical, especialmente cuando
se organiza en actividades colectivas como el canto, la percusión, los
ensambles instrumentales o la improvisación grupal, genera experiencias
emocionales profundas que favorecen la expresión de sentimientos, la gestión de
emociones y la construcción de vínculos significativos entre pares.
La educación
musical, al involucrar simultáneamente el cuerpo, la emoción y la cognición,
ofrece un espacio seguro para canalizar emociones, manifestar creatividad y
fortalecer relaciones sociales. En contextos de vulnerabilidad social, estas
experiencias adquieren un valor aún mayor, al convertirse en espacios de
contención, reconocimiento y diálogo, donde los adolescentes pueden sentirse
escuchados, valorados y parte de una comunidad educativa. La música, en este
sentido, no solo es un recurso artístico, sino un medio de desarrollo humano
integral y bienestar emocional.
Diversos
estudios en el ámbito de la educación emocional y musical destacan que la
práctica musical contribuye significativamente al desarrollo de competencias
socioemocionales (Bisquerra, 2009). La música favorece la escucha activa, la
empatía, la cooperación, el respeto por los otros y la capacidad de adaptarse a
situaciones diversas, competencias esenciales para la convivencia escolar. En
el aula de música, los errores no se perciben como fracasos, sino como
oportunidades de aprendizaje, fomentando la confianza, la tolerancia a la
frustración y la resiliencia emocional. Este enfoque pedagógico fortalece la
autoconfianza del estudiante y su disposición para asumir retos personales y
grupales.
En América
Latina, la música cumple además un papel comunitario y expresivo que refuerza
el sentido de pertenencia y la identidad cultural. Actividades como el canto
coral, los ensambles de percusión, la composición colectiva y la recreación de
músicas tradicionales permiten a los estudiantes compartir experiencias,
construir acuerdos, negociar roles y resolver conflictos de manera creativa.
Estos procesos fortalecen la cohesión grupal, desarrollan habilidades sociales
y fomentan la responsabilidad compartida, elementos centrales en la formación
de ciudadanos comprometidos y empáticos.
Además, la
educación musical puede desempeñar un papel preventivo frente a problemáticas
como el estrés académico, la violencia escolar, la exclusión social y la
desmotivación educativa. Al generar experiencias significativas, placenteras y
emocionalmente ricas, la música se convierte en un recurso para el bienestar
psicológico de los adolescentes, favoreciendo la regulación de emociones
negativas y promoviendo la resiliencia. La integración de dinámicas de
improvisación, exploración sonora y expresión corporal en el aula contribuye a
que los estudiantes aprendan a manejar emociones complejas y a comunicarlas de
manera saludable.
Para maximizar
estos beneficios, es imprescindible que el docente adopte un rol reflexivo,
mediador y creativo. La planificación pedagógica debe incluir estrategias que
integren la reflexión sobre emociones, la expresión artística y la construcción
colectiva de aprendizajes. La evaluación debe centrarse en la participación
activa, la colaboración, la creatividad y el proceso de aprendizaje, más que
únicamente en la ejecución técnica de una obra musical.
La educación
musical también puede potenciar habilidades de liderazgo, tolerancia,
cooperación y resolución de conflictos, al involucrar a los estudiantes en
proyectos grupales, presentaciones artísticas y actividades
interdisciplinarias. Asimismo, la inclusión de repertorios culturales locales,
regionales y contemporáneos permite fortalecer la identidad cultural y la
autoestima de los adolescentes, estableciendo vínculos entre la música, la
comunidad y la vida cotidiana de los estudiantes.
La educación
musical constituye un espacio privilegiado para el desarrollo de habilidades
socioemocionales en la adolescencia, ya que combina expresión artística,
creatividad y experiencias compartidas que favorecen la formación integral.
Reconocer y potenciar esta dimensión de la enseñanza musical contribuye a una
educación más humana, inclusiva y significativa, donde los estudiantes
desarrollan competencias emocionales, sociales y culturales.
Integrar la
música como espacio de expresión, diálogo y construcción colectiva permite
formar adolescentes emocionalmente competentes, socialmente responsables y
culturalmente conscientes. Por ello, la educación musical no solo debe
considerarse una asignatura académica, sino un medio transformador que
fortalece la autoestima, la empatía y la resiliencia, promoviendo el bienestar
integral de los estudiantes y el fortalecimiento de comunidades escolares más
cohesionadas y solidarias.
Bibliografía:
Bisquerra, R.
(2009). Educación emocional y bienestar. Praxis.
Gainza, V. H.
(2002). La educación musical en el siglo XXI. Lumen.
Small, C.
(1999). Musicking. Wesleyan University Press. 4.
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